jueves, 2 de febrero de 2017

479. ¿Por qué?

Tardes.

Para F.D.F.E.
La entrada no llega a un claro entre dos columnas, apenas son dos castillitos. Una marquesina con su cerramiento de ley, y encima cuatro blocks de 20 de peralte. Un rótulo de letras infladas, multicolor. Miscelánea Sofi, flanqueado por dos emblemas: del lado izquierdo el de la Pepsi, del lado derecho, la cerveza Victoria, cada quien se ganó el patrocinio de la pintura y mano de obra, cada dos años, del viejo local, sobre la calle terrosa.
La habilidad, la malicia, y la arquitectura nacen de la necesidad. La lluvia que traiciona cada ínter, entre abril y junio; repite el ritual, agosto a octubre. Los escurrimientos a veces no rendían en la colonia, por eso, a levantar el nivel sobre el suelo. Yo cuento cuatro escalones más el firme, son cinco. 
Adentro no hay mucha luz. Huele a pan de Tía Rosa. A gas de refrigeradores, a palomitas de microondas y salsa Valentina, a perfume, a jabón, a la mirada de unos ojos verdes que regresan y bajan la vista.
Ella lee una revista, parece Proceso, un ejemplar atrasado donde yo alcanzo a ver imágenes, trazos, dichos, inmundicias, de la campaña a gobernador en el Estado de Tamaulipas, 2016.
Se levanta de la silla de mimbre. El cabello rubio quemado, soltaba hebras. Una camisa de mezclilla, mal planchada, pantalón de un tono más claro, delgada pero se contonea al andar. Yo...
-¿Qué se te ofrece? -tajante, sin más.
-Venía a dejar lo del envase de la coca de 2 litros y la guama de Tecate Lait. Ahí disculpa, es que fui a una entrevista de trabajo y pues...
-Son doce pesos del envase, y veinte del casco -me mira a los ojos y yo me intimido, bajo la vista al mostrador de vidrio y madera oscura, rayada. Calcomanías de algún personaje ya olvidado, del subconsciente colectivo. Goku y Pokemón coexistiendo en el mismo espacio plano, Iron Man luchando contra los Angry Birds.
-Sí. Ahí le van -yo los dejo encima del vidrio. Ella los recoge y avienta las monedas, sin recato, con extrema dureza, las lanza contra cajón de metal. El ruido delata la venta escasa.
-¿Qué? ¿Ora no va a llevar nada, Juanito?
Me sonrojo.
-Deme una cerveza Barrilito y una sopa Maruchan -¿Cuánto?
Hace un gesto. Delata los hoyuelos cuando oprime el labio inferior hacia arriba.
-Nomás que el agua se cobra, Juanito. Pero hoy no. Son veinte pesos. 
Con habilidad suprema lanza su esbelta figura, alineada, la camisa desfajada se pega a su torso, el pantalón no puede ocultar la feminidad, aunque se fuerce. Me da la espalda. Destapa el pequeño envase de la bebida oscura y lo oprime contra mi mano, sin avisar. Yo pego un sorbo igual de forzado, por cortesía, para mojar mis labios, nomás.
Desaparece detrás de una estantería donde se adivinan colores de madera, libretas, un lote de diccionarios Norma que quizá le encargaron y nadie compró. Escucho un timbre que se prolonga, un portazo. Ella regresa con el envase de unicel, el brebaje humeante de harina, agua y sabor, una cuchara blanca encima, envuelto en una servilleta, cuidado no se me queme.
-Me voy a sentar en los escalones, Sofi ¿Me da chance?
-Va. -Ella desaparece detrás del mostrador, del exhibidor de Marinela. A buscar escenarios, detalles, de una historia conocida en el duelo de estiércol, mentiras y dinastías: Francisco contra "Baltazar", el rey negro ¿de conciencia?, contra "Egidio",el protegido, ¿de quién? contra "Eugenio", el bien nacido, quién sabe, contra "Tomás", el gemelo, de Judas, tal vez sí.
Me siento y veo pasar un camión urbano. Detrás una patrulla de la policía estatal, que no pone atención a mi falta administrativa. Uno, encapuchado, asiente por instinto, mientras el vehículo se aleja, para gastar gasolina o, no cuidar ni proteger ni servir. Si anochece, a extorsionar y robar transeúntes noctámbulos, que para eso estamos. En este pinche país la vida no es como los cuadros de Edward Hopper.
Disfruto el contraste del refrigerado y lo caliente. Tomo un sorbo más largo de la sopa y veo entrar a Paco. 
-¿Quiubo? -Sin más entra, desaparece.
Veo pasar un taxi vacío, lento. Del otro lado de la calle una madre joven, con dos niños en ropa corta, apenas tomando las últimas trazas del sol de la tarde. Apenas y recuerdo el fracaso de mi entrevista del trabajo del día. El nosotros le hablamos, cuéntenos de su experiencia, cómo se enteró del puesto, oiga, pero usted no sabe instalar una red o configurarla ¿verdad? es que a veces no hay quien haga eso, y luego. Y miro el suelo terroso, el tiempo perdido, los hubieras y los no se pudo, trato de ver el qué me falta, las palancas que no hay, las alternativas y bueno. Siempre habrá algo qué vender. Gelatinas, jícamas, cinturones 34/36 en abonos, mire ando vendiendo unas carteras chinas, están buenísimas, y el precio, nombre, no me la cree.
Una sombra cubre los restos de un sol rojizo, huidizo ya.
Paco sostiene dos barrilitos, uno en cada mano. Me ofrece un envase nuevo, lleno. Tómate otra fría, ándale.
Se sienta a mi lado y ofrece un brindis. Se sienta un escalón arriba y apura un pequeño sorbo, de contemplación y solemnidad.
La tarde me ofrece los olores a pan de Tía Rosa, salsa Valentina, Maruchan, piquín y harina de churritos. Los niños que se alejan con su madre joven, ríen y ella carga al más pequeño, lo acerca a su mejilla. Un autobús urbano con el chofer que escucha a todo lo que da una canción de Roberto Carlos, que saluda con la mano izquierda y respondemos. Las nubes, blancas, apuradas, llenas, hablan con el sol, lo invitan al descanso, mañana a ver qué. Un ligero viento levanta el polvo, hojas secas, el grito de ella a mis espaldas, de los dos amigos que no hablamos, contemplamos, la ciudad, los edificios descascarados, los postes de luz torcidos, las banquetas quebradas, la calle en diagonal por fuerza de las lluvias que ya vienen. Ella, que detrás del mostrador sentencia.
-¿Ya ve? ¿Qué más le falta, Juanito? Y no se apure, le va a ir muy bien.
Gracias.


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