viernes, 11 de noviembre de 2016

Es la 411. Vamos por unos tacos.

No sé. Y no se vale decirlo.

Se ha ido el calor, al menos por hoy. El tiempo no se detiene, pero parece ir más lento, tal vez por la oscuridad y el frío. Hoy pagamos a Juan Carlos, un proveedor de bonetería, en Banamex y me dio un sentido de satisfacción, tranquilidad al menos.
Regresé otra vez de la Gran Ciudad. Un taxi me llevó, promesa de un atajo a mi destino, por colonias con casas de frentes pequeños y un cambio de uso suelo cada vez más visible.
Tengo dos inquietudes: me hubiera gustado entrar a varias viviendas y ver la tipología de ellas. Aquí, la sala-comedor y la cocina, cuarto de lavado al final. En la Gran Ciudad, mi pobre experiencia me dice que a veces la cocina está al frente, si no al menos paralela al comedor. El cuarto de lavado, y aquí la puerca tuerce el rabo, está al frente, o en la planta alta de la vivienda, en una azotehuela, encima de alguna recámara, dándole un respiro con los soles intensos de la urbe.
Lo segundo que me mueve, precisamente el paso de vivienda a una clínica veterinaria. Vi varias, será con eso que están de moda las pequeñas especies, más propensas a sufrir en su salud. También vi negocios, que se ostentan como centros de estudios, que prometen al menos una Maestría en Educación, la licenciatura en administración, derecho, relaciones comerciales, puericultura. Eso sí: todas con los números del RVOE (registro de validez oficial de estudios) al lado del rótulo de pintura de aceite sobre un muro de block. Preparatoria en un sólo examen. Informes al teléfono y el último número despintado. Habrá que ir en persona, siempre.
Me aterró ver restaurantes deprimentes, mal iluminados y vacíos, y su oferta de hamburguesas, megaburguers, hot dogs, papas asadas con chorizo y queso fundido. 
Por último, veo un hospital infantil cercado con malla electrosoldada, urgencias las 24 horas, una ambulancia de hace 30 años, sin placas, una mujer con bata rosa, despeinada, moviendo los brazos y gritando a un interlocutor que no veo, sobre no olvidar el encargo y agregando una palabra altisonante y no me quiero imaginar que clase de cosas se harán en ese lugar, lo que me imagino sin querer. A un lado, y antes de que el taxi acelere el paso, un local con pintura blanca de hace muchos años, una cortina metálica subida, dos sillas de lámina recargadas contra la sucia pared, un foco incandescente, sí, al centro del local, dividido por una falsa pared de perfocel o triplay, una puertecita de tabla cerrada. En la marquesina del cubo-local, leo "DERMATÓLOGO", y tampoco me quiero imaginar lo que me imagino. Al final el taxi sale a la avenida, yo veo los tramos gigantescos, prefabricados de un Metro que no salió nunca, y el vehículo me sigue llevando por un tour de OXXOS, Preparatorias de un año o con un examen, negocios de venta de sartenería, microferreterías, y cafetines, y en ese momento me sentí mucho mejor. 
Anoche regresé a Ciudad Valles, y tampoco he traído nada de la gran ciudad.
Gracias.

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