lunes, 21 de marzo de 2016

Es que mire, no somos iguales.

Agarro conversaciones al vuelo, mientras subo la cortina metálica del negocio de mis padres. Una señora de unos sesenta años, levanta la voz y le dice a su hija o nuera, que ya no aguanta al viejo, al patriarca pues, porque el otro día lo vio comprar cerveza, y de la más barata. En El Periódico, la fuente de letras de esta ciudad, y culpemos a la economía como de tantas otras cosas, el obispo afirma con motivo, o de paso, o con el pretexto de la celebración de Domingo de Ramos, que se ofende a Dios con las fiestas donde hay exceso de alcohol y riñas. Pues yo diré que no es el único ofendido, también la señora que hace un rato pasó por la puerta.
A medida que un hombre avanza en edad, se da un fenómeno, que tiene su origen en esta cultura tan mexicana, donde el núcleo familiar es disperso pero es muy sectario, donde somos muy liberales gracias al prócer que nació el día de hoy, pero también muy religiosos, una cultura donde el hombre manda pero donde también la mujer tiene la última palabra; una sociedad tan mexicana donde nos quejamos del maltrato a la mujer cuando a los hombres, por el solo hecho de serlo,  se nos ofende hasta el cansancio, de parte de las mujeres, en la calle o en la intimidad de la casa.
Cuando un hombre se va haciendo más grande, la culpa de todo la tiene el alcohol.
De una ausencia laboral, de una impuntualidad, de la falta de dinero en el hogar, de las tristezas, y cosa rara, también de la alegría. Ese señor anda alegre, que es lo mismo que insultar, y un insulto que viene de parte, la mayoría de las veces, de una mujer. No se vale estar contento por una promoción laboral, o porque pagaron los honorarios que debían de pagar, o porque el PRI perdió, no, no se vale, todo es causa del alcohol.
Anoche me sentía tan terriblemente mal, sobre todo por una entrevista con un cliente que creo que no va a regresar, que pensé muy para mis adentros "necesito una cerveza". Pero no, tomé jugo de arándano, y ya sé que un buen amigo se va a escandalizar, pero no pasa nada que mi nivel de glucosa anda en 90 y no ha subido en toda mi vida.
 
Pero ya me la pensé más tarde. La educación da ciertos privilegios, o una educación privilegiada da ciertas ventajas, parafraseando al personaje Dickie Greenleaf de la película "The Talented Mr. Ripley".
 
Estoy convencido de que la mayoría de la gente me odia, y esto sin razón alguna, solamente porque soy egresado del TEC. Tuviera un Mercedes Benz, o al menos un Jetta color plata, sería razón de más para ser odiado en un país tan pobre como este, pero no. Viajo en taxi y camión urbano, y aun así, no me quieren ni tantito.
 
Tendré que pensar la vez que me decida a ir a la tiendita a comprar una cerveza, o dos, no de la más barata, ¿por qué? que a final de cuentas yo no soy cualquier persona.
Al igual que Dickie Greenleaf, yo, en su versión proletaria, no soy igual que los demás.
Si me tomo una cerveza, sea una Tecate Roja o una Modelo Especial, no es por andar de borracho, es para quitarme el estrés que me causan clientes que creo que van con la idea planeada de ser unos hijos de la rechingada.
 
Y no, no creo que se enoje Dios, pues tendrá muchas cosas en qué pensar y qué hacer que no, no me la creo.
 
Yo salí del TEC, que conste, y lo que yo hago no es lo mismo en otros que no salieron de allí. Y lo que menos se entiende, no es asunto de ellos tampoco.

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