domingo, 14 de mayo de 2017

546. Esquinas. 14052017.

Para Paco.

¿Expiación?
Detuvo el vehículo, con más lentitud de la que creyó necesitar. Desde que dobló la esquina, en una de ésas maneras de llegar sin mucho sentido, los había visto. Cuatro hombres jóvenes, de veintitantos tal vez, con camisas blancas, pantalón de mezclilla, botas. El que se acercó traía un paño rojo atado a uno de los antebrazos ¿cuál de los dos? Bajó la vista, miró fijo al pequeño volante del Sentra de modelo reciente. Estaba en medio de una calle deslavada, el calor de un viento seco lo golpeó. Un lugar de ésos, en ese país, donde a cierta hora ya no hay gente, ni el rastro de alguna canción de banda, ni el ruido de otro motor. ¿Quiénes eran? 
-¿A dónde va? -preguntó el hombre que se acercó a la ventanilla empañada.

-A Las Cercas, el pueblo próximo.
-¿A qué? -se alejó un poco, miró las llantas, la carrocería.
-Estreno una ruta. Soy agente de ventas. Relojes.
-Usted sabrá. Pásele.

Se alejó sin sonreír ni avisar. Los locales horizontales dieron paso a una explanada agrietada, una nave industrial rodeada de maleza, una barda sin propaganda, algunas piezas de empapelado que ya no tenían memoria, no se podían leer. Ni le interesaba. Algunos árboles torcidos hacia el sol, quietos como en una foto. Una curva del lado oriente y vio el nombre del lugar que buscaba.
Vio una iglesia de campanarios gemelos y un atrio sembrado de ficus, un hotelito y una terminal de transporte. Continuó esperando encontrar el mercado municipal. Frunció el ceño ante el silencio, la luz de la tarde que cedía ante alguna nube, todavía era temprano.
Estacionó. Tomó el maletín del muestrario, de la libreta de pedidos, la folletería impresa desde meses antes.
Empezó a caminar. Igual que en el otro lugar. No había nadie. Dio un vistazo a los postes de luz, algunas palmeras quemadas, el polvo. Buscó una banca pero no. Mejor se recargó sobre un muro descascarado, al lado de una cortina metálica. Regresó al auto. Tal vez manejaría hasta el hotelito, a preguntar. Ni una fuente de aguas frescas donde pasar el rato, mientras se miraba el reloj, como los que él vendía, económicos y digitales, para verse una y otra vez,  esperando una cita, haciendo tiempo, a que llegara el momento de levantarse, ir a tal o cual lugar, encontrarse con alguien, o regresar a casa porque ya era tarde.  
Al caminar de regreso al auto, vio que se le acercaban, doblando la esquina y caminando hacia él, el hombre del paño rojo atado al antebrazo. Lo acompañaba otro más, del retén de hacía un rato ¿horas? Ya no sabía.
Él frunció el ceño de nuevo, sujetó con fuerza el maletín, y siguió caminando rumbo al auto, como si nada.

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