viernes, 8 de noviembre de 2013

Desolación.


Entonces llegué a la ventanilla. Saqué un montón de monedas de un peso, dos pesos, cincuenta centavos. Sentí que la cara me hervía de la pena. "Usted disculpe señorita, es que mire, necesito hacer un pago de mi tarjeta de crédito, pero solamente traigo estas monedas. No he trabajado, la situación está muy mal. Si usted supiera, lo difícil que se ha puesto esto, y luego la Reforma Fiscal, ¿en qué está pensando el gobierno? Pero mire, van a ser, usted verá, dieciocho pesos con cincuenta centavos. Qué pena siento, en serio, pero es que no tengo más, si viera lo escaso que está el trabajo..."
Ella era muy joven. No pasaría de los veinticinco años, pelo lacio hasta los hombros, traje sastre azul marino, blusa blanca desabotonada dejando ver su cuello huesudo, su pecho blanquísimo, su piel suave sin la base de maquillaje que oscurecía un poco su cara.
Me lanzó el recibo a través de la charola que era el único espacio abierto entre los dos, separados por una hoja de cristal de cinco milímetros.
"El que sigue", exclamó con fuerza encima de mi hombro.

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El jueves fui a (perder el tiempo tal vez) medir una construcción a petición de un cliente que ya había hablado con mi padre. Luego resulta que lo único que falta, el arreglo de la propiedad, todavía no está. Me desespera. Total que no hubo honorarios. Tantísima gente que necesita trámites, licencias, etcétera, pero no tienen dinero.

603. Postales de Almería. Lun-14-08-2017.

En un país como éste es extraño recordar al Instituto Nacional Electoral, la Fepade o al TEE, las cuotas del IMSS-Infonavit, la fila de las...