viernes, 10 de marzo de 2017

513. Igual y sí, espero.

Sí estoy en búsqueda de la reconciliación, y  de mis propias amnistías. Sé que lo lograré, a pesar de tantas historias amargas.

Mirar, intuir.
Para Gilberto, con aprecio.
Hoy viajé en taxi al Ingenio azucarero de mi ciudad. Eran las 8.40 o algo así, cuando llegué. Se sentía más temprano, por lo nublado y también por un leve frío. Me desocupé como a eso de las 9.10, sobre todo por las esperas y las antesalas. Cuando salía de ese complejo enorme, que incluye oficinas muy deterioradas, pero con un sentido de la ventilación, las sombras y la creación de espacios que ya no se ve el día de hoy; un campo de fútbol que incluye graderías de concreto, igualmente con una intención arquitectónica, y enormes naves industriales que hace muchos años estuvieron pintadas de blanco brillante, pensé en el lugar donde estaba, al poniente y sur, casi bordeando con el río, y es que toda industria pide una ubicación así, con agua abundante y en los linderos de la zona urbana. Cruzando el río hay un lugar que se llama Santa Rosa, que es un poblado en el que he estado antes, donde impera el silencio y la sensación de que estás muy lejos, pero no. En Santa Rosa persiste la pobreza, pero también la vida que se vive sin prisas, la cocina de leña, la tranquilidad de dormir a las siete de la tarde. Cruzando el puente, de allá para acá, tenemos ese lugar que contemplo, el Ingenio, pero también un Fraccionamiento moderno, de vivienda de interés social y una zona comercial que no desarrolló nunca. 
Mientras esperaba el autobús urbano, aquí y en Monterrey les decimos "camión" aunque de pasajeros, no de carga, me acordé de la novela Ulises, de James Joyce, que no he leído ¿por qué esa obsesión de pretender conocer los libros que no he visto? 
A lo que voy es que puedo encontrarme en ese momento en mi propia versión de Ulises de Joyce. Un paseo por Dublín, que comienza el señor Leopoldo Bloom mientras desayuna riñones de cerdo en cierto restaurante. Y transcurre en un día completo, etc.
Igual y yo podría empezar mi propia gran novela mexicana contemporánea abarcando la realidad humana, desde la realidad urbana de mi ciudad, en un día. Empiezo la narración a las 8.40 de la mañana en una búsqueda, y termino a las 10.47 de la noche, porque, a excepción de 1922 ahora hay aire acondicionado, iluminación urbana, energía eléctrica hasta en Santa Rosa...
Hasta pueda ser que esta sea la magna obra en la que suelo pensar. Empezamos en el Ingenio Azucarero, luego seguimos por la carretera, y nuestro recorrido incluiría alguna oficina de gobierno, una escuela, la biblioteca municipal, la cafetería del hotel Misión porque necesito apuntar un dato y Julio me puede prestar un bolígrafo. El negocio de mis padres, el mercado Gonzalo N. Santos (dudoso honor para el General, hay mejores edificios), la parroquia de Santiago, El OXXO que está en contraesquina del Palacio del Ayuntamiento, el Quiosco, el Centro Cultural y la estatua gigante de Emiliano Zapata, las viejas  y abandonadas instalaciones del Ron Potosí, el Hotel Taninul, el restaurante El Bañito (y dale con la gastronomía, más allá de los riñones de cerdo de Mr. Bloom), parques sin árboles, plazas deterioradas, calles sin pavimentar, bohios, supermercados como Chedraui o Bodega Aurrerá, el Office Depot, una notaría pública, el malecón, y es que Dublín, con su río Liffey, deberá tener algún paralelismo con el Río Valles. No puedo olvidar la Catedral de Guadalupe y su estructura moderna, en piedra de corte (regionalismo crítico), pero es más emblemática la parroquia y sus cuatrocientos noventa y cuatro años de edad, casi medio milenio, La Canasta, una galería techada en concreto, flanqueado por un restaurante y una librería, al fondo un amplio jardín que desemboca en una barda; las gasolinerías, las panaderías, pizzerías, salones de eventos, lavados de autos, papelerías, ciber cafés y cafetines a secas.
Claro que aquí hace más calor que en Dublín.
Gracias.

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