domingo, 24 de julio de 2016

Un cuento de Juan (Bendeck Cordero).

A Mario Rosaldo.



La deuda.

       Al entrar al cuarto en penumbras, mentalmente dio una última mirada al día que acababa de pasar. Miró la cama hecha a fuerzas, rápido, a las cinco y media de la mañana, parte del ritual antes de salir, tomar el camión urbano para llegar al tecnológico regional, y estar puntual a las siete. Se tumbó en la colcha delgada, estampada de un patrón geométrico discreto, difícil de ver sin mucha luz, y entrecerró los ojos antes de prender la radio despertador, a un lado, en el pequeño buró. No tenía ganas de prender la televisión. Tal vez las noticias, tal vez videos musicales, alguna película, todo ello podía esperar.
Pensó en su última clase, entre las pausas de todo el día. El temario de distribuciones de probabilidades, luego los requisitos de su trabajo final ¿pensar ya en eso en la segunda semana de clases?, en los intervalos de confianza, los márgenes de error y la determinación de una hipótesis nula.
Tal vez, imaginó, se podría aplicar al control de calidad de un producto. Más osado sería aplicar una encuesta de preferencias políticas ¿pero contra qué confrontarla si en esa ciudad no habría elecciones sino hasta mucho después de que el curso terminara?

Afuera escuchó los pasos de su tía Amalia, quien le daba asistencia en la ciudad para continuar con sus estudios profesionales. Mujer soltera, de unos setenta años, jovial, sociable. Manejaba un Atlantic VW, impecable, y tenía una pensión de la Secretaría Federal de Comunicaciones y Transportes, donde había sido secretaria muchos años atrás.
Tal vez la tía regresaba de casa de alguna amiga, o de comprar algo. No la molestaría para cenar con ella, que ya sabía que había llegado pues el sonido del radio llegaba sin dudar, al cubo de las escaleras donde estaban las recámaras de esa casa de las de antes, del centro. Tantos encuentros así, indirectos, adivinados, ya no hacía falta remediarlos con un "ya llegué tía" o un "¿no quieres un cafecito o algo de cenar?" de Doña Amalia.

El radio transmitía el final de un programa de análisis político, en su última parte. Desde la llegada, como no se veía en muchos años, en las formas y en la unanimidad, del nuevo dirigente del PRI nacional, luego el diagnóstico de la democracia mexicana según José Woldenberg en la revista Nexos del último mes, y las dudas de él a las candidaturas independientes, pero que ya eran una realidad, luego brincando el Océano Atlántico, la lectura del comentario de un radioescucha anónimo "Un fantasma recorre Europa, el fantasma de la extrema derecha" con el inmediato desdén de los expertos, el llamado a la tolerancia, las explicaciones en la falta de oportunidades, pero la paradoja de las tecnologías de información como el gran igualador. El programa ya terminaba, la fastuosidad de la Convención Republicana en Cleveland, Ohio, y el discurso de rescates, ruptura de acuerdos, y lo mejor: retratos familiares al mejor estilo del encanto de la nobleza, de las revistas del corazón, del show business. Un escalofrío le recorrió la espina al pensar en esto último y en la contrincante del, durante esos cuatro días,  vendedor más famoso del mundo.

Terminó de recostarse apoyando la espalda en la cabecera, mirando a la amplia ventana de celosía, abierta toda, las persianas más discretas, que ya se movían para dar paso al primer aire de la noche ya en forma. Desde su posición, podía ver las otras casas, igual de grandes, a lo mejor un poco más descuidadas que las de Doña Amalia. Se levantó. La calle ya estaba desierta, las plantas bajas de las casas grandes habilitadas como comercios, como siempre es en las zonas centros, que antes eran toda la ciudad. Un rótulo de un taller de teléfonos celulares, otro de la tienda de abarrotes-miscelánea, un salón de belleza, y más allá, del lado oriente, hacia el norte, un bar para jóvenes, que tal vez antes fue una cochera. No tendría más de 4 metros de frente. El anuncio luminoso y el movimiento de algunas sillas plegables, la alta fidelidad de un reproductor que empezaba, en discreto volumen, la canción Karoke de Gustavo Cerati.

Nada más, antes de dormir, por fin. Se acercó a la ventana, bajo la protección de las persianas. Todas las noches olían diferente en cada lugar, pensó.
"Ya no me necesitas, es lo mejor. Eras alguien más".

Venía de un lugar llamado San Vicente, un pueblo-municipio a unos ciento cincuenta kilómetros al noreste de la ciudad, para allá, señaló a nadie. Allá las noches olían más a sal y sueño. Aquí el olor era nervioso, dulzón.

"Fue muy simple, despegar, solo un poco tiempo y te buscaste un nuevo corazón".

Una cheyenne dorada de cuatro puertas, rines cromados,  y cristales oscuros, estacionó un poco antes de la entrada, respetándola. No era nueva, tendría al menos unos quince años, lo evidenciaba la forma del cofre, las vistas de textura ranurada, en color negro en la parte baja de las puertas. Pero era una una camioneta muy bien cuidada, vicio de las buenas costumbres, de la economía que prohíbe el cambio, pensó frunciendo el ceño. Vio bajarse del lado del conductor a un joven robusto, de pelo rizado, tal vez castaño, que vestía una discreta camisa azul de cuadros y pantalones de mezclilla. Del lado del pasajero bajó una chica de pelo negro y lacio, bajita de estatura, en una camiseta blanca sin mangas y un pantalón de mezclilla negro. De la parte de atrás bajó otro joven, en kakis y una camisa blanca de manga corta. No entraron al lugar, del que salió otro joven de gorra de cuadros y todo vestido de blanco, a saludar a los tres visitantes.
Poco después vio un chevrolet de pequeño tamaño, un Opel, tal vez, estacionar al lado contrario. Bajaron dos jóvenes, playeras de cuello redondo, mezclilla, entraron a la cochera-bar-anuncio de neón. Ya no pudo verlos tomar una silla, la óptica no daba para tanto.

Ahora los de la cheyenne dorada, apoyados en ella, sujetaban vasos de unicel. La chica alzó un poco la voz, prestaba menos atención a sus acompañantes que al barman de la gorra, preguntando por alguien.

"Cerca del nuevo fin, tabú, fuego y dolor".

La noche ya empezaba a enfriar. No era muy tarde. Apagó el radio en mínimo volumen y comerciales locales. Regresó a la ventana  y sólo vio al joven de pantalón kaki, hablando por celular. Se había incorporado otro vehículo, un Renault tipo coupé, algunos metros más adelante del Opel.

"Al ánimo de brillar, la luz se adelantó..."

De repente el joven de pantalón kaki colgó. De la cochera-bar salieron el joven robusto y la chica, y le ofrecieron otro vaso de unicel. Un buenas noches sin respuesta, al interior. La camioneta arrancó rápido, y se fue.

Se recostó en la cama, de vuelta a pensar en la determinación del tamaño de una muestra, establecer las hipótesis, hacer el Kruskal Wallis test...

Día siguiente, jueves, seis y cuarto. Camina rápido en la mañana fresca, pero que hace adivinar un día muy caluroso, la calma que anticipa muchas cosas qué hacer, el mismo guion, piensa, mientras va hacia la parada del camión urbano Centro-Tecnológico R.

En la esquina de las calles Almagro y Portales, vio entreabiertas las puertas de madera de un negocio de básicos: costales de azúcar bloqueando la banqueta, cajas y más cajas de jugos envasados, garrafas de cloro. La cheyenne dorada, de unos quince años de antigüedad, pero impecable, descargaba maíz en mazorcas. Vio al joven robusto, que vestía ahora una playera delgada, bajando la carga, y dando una instrucción hacia adentro del local.

Sujetó la mochila de libretas y libros, y pensó especialmente en el de Métodos, de Beatty.
Ella miró de nuevo el negocio, desde la banqueta de enfrente, y alisó su pelo. La parada de autobús estaba a media cuadra todavía. El ruido del abrir de puertas, el acarreo de cajas y costales, los silbidos, el motor del camión urbano que se acercaba desde muy atrás, el calor creciente, el tiempo que ya corría cada vez más rápido, hicieron que Marisa acelerara todavía más, su paso.

Gracias.




1 comentario:

  1. Por supuesto, que te agradezco el detalle, Juan. Es un cuento realista. Vemos cómo cada quien sigue sus propias metas, planeadas o improvisadas. El presente es como un fragmento que no siempre está claro, ni a propios, ni a extraños.

    ResponderEliminar

615. Jueves 21 de 09 de 2017.

El problema es que me estoy engañando desde aquel nefasto 4 de junio, la noche de la victoria de Alfredo del Mazo Tercero. La otra catástro...