sábado, 27 de febrero de 2016

Territorios y desesperanza.

Pierdo ante las promesas.
 
A un tris de que me venciera el cansancio este sábado pesado. Hablé con Paco. Recordé mi experiencia en la escuela Arte, A.C. y mi incredulidad primero y mi resignación después cuando vi la noticia de que  fue adquirida, comprada pues, por el Tecnológico de Monterrey. Una historia familiar detrás.
Ya más tarde, me entretengo con unas gorditas de papa, en cuadros unas, en puré las otras, calentadas en microondas, con el sonido de la lluvia a la que le doy la espalda en la cocina, con el recuerdo de la casa Curutchet en Buenos Aires, diseñada por Le Corbusier, que veo una y otra vez y no termino de entender al cien por ciento, creyendo que tal vez ese sea el sentido de la arquitectura ultramoderna.
El tiempo pasa, algunas cosas salieron mal hoy, me intriga, pero no debiera perder la esperanza.
Tengo deseos pero no terminan de llegar. No cristalizan. Tal vez entre ellos, regresar un día a la Escuela Arte, A.C del Tecnológico de Monterrey, y volverme a sentar en uno de sus rodetes de piedra, a la sombra de un árbol enorme que me proteja del inclemente sol regiomontano, al que me acerca el Cerro del Obispado. Tal vez apurarle a mi lectura de Louis Pauwels y Jacques Bergier, ser más tolerante con el cinismo sin límite de Manlio Fabio Beltrones, de Miguel Mancera, de Xóchitl Gálvez. En cualquier otro país esa gentuza no tendría cabida en el servicio público, aquí sí y es lo que no termino de entender de México, será igual que con la arquitectura ultramoderna, es el sentido que no le encuentro tampoco a este país en que me tocó vivir.
Se acaba el tiempo y de todos modos tengo que esperar.
Gracias.
 

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