lunes, 11 de mayo de 2015

Un cuento.


Para Paco y Gilberto Vázquez, con cariño, por tantas batallas juntos en esos días nublados en el TEC.


El Aspirante.

      Llegó un poco antes de la hora. Sabía que tenía que recorrer un camino empedrado, a pie, de unos doscientos metros de largo, cuesta arriba, desde la parada de autobús en la carretera sin tráfico, rodeada de árboles y más árboles. A lo lejos vio la construcción. Un bloque de piedra gris, con ventanas pequeñas en cristal ahumado, de tres niveles de altura. Una torre cilíndrica, ésta de al menos seis niveles, vista de frente estaba a la izquierda del espectador. Al lugar le decían El Castillo. Unos pasos antes de llegar a la enorme puerta de madera oscura en que terminaba el camino empedrado,  vio unas casas pequeñas, todas de una planta, techo a dos aguas y pintadas de blanco, de aspecto silencioso y agradable,  donde vivían  los trabajadores, pensó. Saludó a un hombre de mediana edad en overol que entraba a una de las viviendas. El hombre lo miró con desdén. Luego apresuró el paso y entró a la casita en silencio, dándole la espalda y sin responder al saludo. Él bajó su mano y entonces se acomodó la corbata. A continuación miró su reloj de pulsera. Justo a tiempo. Se aclaró la garganta  y antes de tocar la puerta del castillo, esta se abrió ante él. Un empleado que vestía camisa azul pálido y pantalón ámbar lo saludó con frialdad. "Bienvenido. Pase. Por el pasillo de la izquierda al final". Asintió con la cabeza, sonrió cálidamente pero no habló, y rápido obedeció la instrucción del administrativo. El pasillo era de baldosas en gris claro, aquí y allá un foco ahorrador, las paredes y  el techo encalados, lo que daba más claridad y amplitud al espacio. Tocó la puerta al final del pasillo y una voz fuerte respondió al otro lado "Abra la puerta y tome asiento por favor". Él entró con rapidez y cerró la puerta tras de sí.
La oficina era pequeña, escasamente amueblada. Un escritorio de formica en blanco, una silla para visitas, un archivero en color verde, nuevo. Una ventana que daba a un jardín de pasto bien cortado poblado con naranjales. Acercó a continuación la vista al escritorio y apreció una foto enmarcada, tomada desde lejos, el hombre detrás del escritorio de cuerpo entero, en pantalón de mezclilla y camisa de mangas cortas, un día muy soleado en medio de la Muralla China. Algunos turistas le daban la espalda. Ahora lo vio de cerca. Entre ambos había un identificador triangular en color plata donde se leía "Franz Kafka, Director RH" en cursiva negra. El hombre detrás del escritorio era de complexión pequeña, de pelo relamido, ojos inquisitivos y grandes, semblante frío y reflexivo. Vestía un saco negro y una camisa blanca sin corbata, impecables. Volvió a hablar "Bienvenido a la entrevista". Luego alzó un folder, y el aspirante adivinó que era el expediente que había mandado meses atrás al Castillo.
"Y bueno, dígame ¿quién es usted?".
El aspirante frunció el ceño, luego miró por un segundo o dos al entrevistador y respondió "Mi nombre es Josef K." El hombre detrás del escritorio volvió al expediente y lo hojeó otra vez. Luego cerró el folder color manila y lo miró a los ojos, de nuevo la vista al folder cerrado que finalmente  hizo a un lado. "Le pregunté ¿quién es usted? Su nombre es irrelevante. Lo siento. Ha fracasado. Que tenga un bonito día". Se levantó y le tendió la mano al aspirante. Él correspondió el gesto y estrechó su mano fría y huesuda. Ambos sonrieron. Luego el entrevistador alzó la voz encima del hombro del aspirante. "El que sigue, por favor". Josef K. cerró la puerta tras de sí, antes de escuchar una tos leve, seca, que tal vez quería esconderse.

Entonces, en medio del desconcierto y la rabia, se dio cuenta que el pasillo estaba vacío.

1 comentario:

  1. Chingado. Publiquen un comentario, tanto que me esmeré. Fijénse que he visto tanta gente tan rara me han pasado tantas cosas extrañísimas en las entrevistas de trabajo así tipo Kafka El Inmortal. Porfa dejen un comentario no duele.

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